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El Monstruo de Florencia

  • Foto del escritor: David CM
    David CM
  • 14 feb
  • 15 Min. de lectura

El día 6 de junio de 1981 un extraño presentimiento cruzó fugaz por la mente del periodista Mario Spezi, algo le decía que la escena del crimen a la que se dirigía no iba a ser como otras. Cuando llegó al olivar a las afueras de Florencia en el que se encontraban los cadáveres, percibió de primera mano que no estaba ante un asesinato cualquiera. Las victimas, Carmela di Nuccio y Giovanni Foggi, habían sido tiroteados mientras intimaban en su coche. Además, la chica había sido mutilada post mortem.




Tan impresionados como el periodista, se encontraban los policías, que examinando la escena se dieron cuenta de que concordaba casi a la perfección con otro asesinato, el de la pareja de jóvenes Pasquale Gentilcore y Steffania Pettini el 15 de septiembre de 1974: lugar apartado a las afueras de Florencia, pareja que disfrutaba de la intimidad de la campiña toscana, mismo modus operandi, mutilación de la zona genital de la chica e incluso mismas balas utilizadas, las que con el tiempo se harían tristemente famosas del calibre .22 beretta.



Carmela Di Nuccio and Giovanni Foggi
Carmela Di Nuccio y Giovanni Foggi




Pasquale Gentilcore y Stefania Pettini
Pasquale Gentilcore y Stefania Pettini

Parecía claro que los investigadores se enfrentaban a un asesino en serie y fue el propio Mario Spezi quien habiendo visto de cerca su obra no dudo en bautizarle como El Monstruo de Florencia.


En quien primero fijan sus ojos los policías florentinos es en un mirón. Alguien que espía a las parejas en sus encuentros íntimos en el coche, protegido por el manto de la noche. Tirando de ese hilo, los investigadores sacan a la luz un turbio submundo, el de los “indiani”, un grupo organizado de voyeurs que recorren los sitios favoritos de las parejas, comercian con sus puestos de vigilancia e incluso toman fotos y graban sonidos como posible objeto de chantaje. Desafortunadamente, poco más se puede sacar de esta línea de investigación, que pronto es abandonada.


La macabra confirmación de que Florencia se enfrentaba a un asesino en serie llegó el 6 de octubre de 1981, al encontrar los cuerpos sin vida de Stefano Baldi y Susanna Cambi. De nuevo la pareja es tiroteada en su coche con balas del mismo calibre. Tras los disparos, El Monstruo arrastra el cadáver de Susanna y lo mutila con precisión.



Stefano Baldi y Susanna Campi
Stefano Baldi y Susanna Campi


Para ese momento, el pánico campa a sus anchas por las vetustas calles de Florencia. Tanto policías como periodistas reciben cientos de cartas acusando a tal o cual persona de ser El Monstruo de Florencia. La psicosis es total.


La habilidad del asesino para mutilar los órganos sexuales de sus víctimas femeninas hizo pensar que se trataba de un cirujano, un ginecólogo o un taxidermista. Entre las numerosas hipótesis que se manejan, está la que implica la moralidad. Una férrea moral católica impera aún en la ciudad así que se comienza a hablar de un supuesto y misterioso sacerdote que ataca a las parejas mientras cometen pecado mortal manteniendo relaciones sexuales antes del matrimonio.


La ciudad vive en un constante estado de alerta, lo que sirve para obtener pruebas que podrían ser clave, como la descripción que dan unos jóvenes de un hombre que merodea con su coche por la zona de Campos de Bartolini. Gracias a su testimonio, la policía logra crear el primer retrato robot del Monstruo: cara contraída, poco pelo, ojos pequeños...una descripción demasiado genérica que vuelve a desatar el pánico pues todo el mundo cree haber visto al asesino. Todos se convierten en sospechosos...



Un retrato robot tan genérico hizo cundir aún más el pánico. Cualquiera podría ser El Monstruo.
Un retrato robot tan genérico hizo cundir aún más el pánico. Cualquiera podría ser El Monstruo.


La policía decide entonces acordonar ciertas zonas frecuentadas por los jóvenes en busca de intimidad. En algunas de esas zonas se colocan carteles en los que se puede leer: “Prohibido aparcar de siete de la tarde a siete de la madrugada. Razones de seguridad”.


Aún con toda esta vigilancia El Monstruo de Florencia prueba ser más inteligente y temerario que ninguno de sus perseguidores y vuelve a atacar. La fecha elegida es el 19 de junio de 1982. El lugar Montespertoli, a la salida de Florencia. Esta vez las víctimas son Paolo Mainardi y Antonella Migliorini. El asesinato encaja con la forma de actuar del Monstruo, pero esta vez ha cometido un error, pues Paolo ha quedado con vida.



Antonella Migliorini y Paolo Maindardi
Antonella Migliorini y Paolo Maindardi


Al parecer el chico vio acercarse al asesino e intentó huir, pero con el pánico atenazando su mente y sus músculos, Paolo acabó encajando las ruedas traseras de su coche en una zanja. El Monstruo aprovechó ese error. Disparó a las luces del coche y luego al chico para después perseguir a Antonella, que había escapado del vehículo. Cuando la dio alcance disparó varias veces sobre la indefensa joven hasta que acabó con su vida. Las cosas no habían salido como El Monstruo había planeado así que tuvo que huir de la escena sin completar el trabajo. No mutiló el cadáver de Antonella y dejó a Paolo vivo, aunque muy mal herido.


Los policías ahora tenían la esperanza de que el chico pudiera darles alguna información que les encauzara la investigación, pero esta se esfumaría pronto pues a las cuatro de la mañana Paolo fallece sin revelar ningún dato que pudiera llevar a la captura de su asesino.


Pese a esto la fiscal del estado, Silvia Della Monica, que por aquel entones era la encargada del caso, urde un plan para forzar al Monstruo de Florencia a cometer un error. Para ello, y según confesaría años después Mario Spezi en su libro, necesita la colaboración de los periodistas para publicar una noticia falsa. La idea es anunciar que Paolo Mainardi había pasado importante información a la policía sobre su asesino antes de morir.


El asesino picaría el anzuelo...


Días después del funeral de Paolo, el conductor de la ambulancia que le trasladó al hospital recibe una inquietante llamada: “¿Qué dijo Mainardi?” le pregunta una voz anónima. El Monstruo ha cometido un desliz, pero la policía no es capaz de sacar ventaja de ello y las cosas siguen igual. Terrible es también pensar cómo fue capaz de saber el asesino el nombre y el número de teléfono del conductor...


En esta época, no obstante, se iba a conseguir una pista que dará un giro inesperado a la investigación.


Una carta anónima escrita con recortes de periódicos llega a las manos de la policía. Acompañando a la misiva, la página de un antiguo periódico con la crónica de un asesinato. Para cerrar el conjunto, una pregunta lanzada en la cara de las autoridades: “¿Por qué no investigáis el asesinato de 1968?”.


El asesinato que menciona la carta, cometido el 21 de agosto de 1968, tiene un sorprendente parecido con los asesinatos del Monstruo de Florencia. Aquel día, en un solitario rincón a las afueras de la ciudad, se dio muerte a tiros a una pareja: Barbara Locci y su amante Antonio Lo Bianco. ¿Las balas? Las del famoso calibre .22 beretta.



Mapa de los asesinatos. Fuente auralcrave.com
Mapa de los asesinatos. Fuente auralcrave.com


Hasta aquel momento la policía había creído que estaban ante un crimen pasional, el marido celoso había asesinado a tiros a su mujer y al amante de esta al sorprenderlos en plena acción. A este veredicto ayudó que el propio marido, Stefano Mele, había confesado el crimen, aunque luego se había desdicho. Aún así había sido declarado culpable y estaba desde entonces en prisión.


Desde este momento aparece en la investigación lo que pasaría a denominarse como la pista sarda, pues los principales sospechosos son oriundos de la isla de Cerdeña.


Cuando la policía comienza a investigar más en profundidad ese antiguo crimen, un nombre resuena con fuerza: Salvatore Vinci. Este hombre, de comportamiento violento y que gustaba de alardear de virilidad frente a las mujeres y cuyo origen estaba en Cerdeña, era otro de los amantes de Barbara. Cuando le investigan, descubren que poco después del último asesinato del Monstruo (el de Paolo y Antonella) se encuentra su coche abandonado en un bosque no muy lejos de la escena del crimen.


Los agentes creen entonces haber encontrado por fin al Monstruo de Florencia y detienen a Vinci, sin embargo el verdadero asesino tiene otros planes...


El 9 de septiembre de 1983, mientras Vinci está en prisión, se encuentran los cadáveres de dos turistas alemanes que recorren Europa en su furgoneta: Horst Meyer y Uwe Rush. Al haber pasado más de un año desde el último ataque del Monstruo, la sociedad florentina parecía haberse olvidado del peligro que les acechaba. Los carteles prohibiendo aparcar en ciertos lugares apartados habían sido arrancados y es en uno de esos lugares donde aparcan los dos chicos alemanes.




Wilhelm Friedrich Horst Meyer y Jens Uwe Rüsch
Wilhelm Friedrich Horst Meyer y Jens Uwe Rüsch



Durante la noche, mientras Uwe y Horst duermen en su furgoneta, una sombra les acecha en silencio. Sigilosamente se mueve buscando la ventana del vehículo. Desde allí El Monstruo les dispara unas veinte veces. Cuando se disipan los últimos ecos, golpea la puerta y entra para rematar el trabajo, pero a cometido un error: lo que el cree que es una mujer, es un joven con el pelo largo. Suponemos que aturdido e iracundo, el asesino abandona la escena del crimen sin ejecutar su habitual ritual de profanación.


Con estas dos últimas víctimas llega 1984 y los investigadores continúan dando palos de de ciego, incapaces de poner fin a la cacería que El Monstruo de Florencia ejecuta sin piedad.



El 29 de julio de ese mismo año, los amigos de Pia Rontini y Claudio Stefanacci, de 19 y 21 años, empiezan a preocuparse al darse cuenta de que la pareja no regresa de una de sus escapadas románticas a las afueras de la ciudad. Deciden entonces acudir ellos mismos al paraje conocido como “La Bosquetta”. Allí son testigos del horror que El Monstruo deja tras de si. Los disparos de la beretta del 22 han acabado con los jóvenes, pero el ritual post mortem es aquí incluso más salvaje. Además de la mutilación genital habitual, el asesino ha decidido cercenar los pecho de Pia.



Claudio Stefanacci y Pia Rontini
Claudio Stefanacci y Pia Rontini


Tras este brutal asesinato, el miedo vuelve a atenazar a la sociedad florentina. Los carteles advirtiendo a los jóvenes vuelven a inundar la ciudad y todo el mundo se mira receloso. El asesino podría ser tu vecino...


Por desgracia, no todos entienden estas advertencias...


En septiembre de 1985 una pareja de turistas franceses, Jean Michel Kravechvilj y Nadine Mariot, pasan sus vacaciones en la idílica Toscana. Esa escapada que llevan tanto tiempo planeando se iba a convertir en tragedia al cruzar sus caminos con El Monstruo de Florencia mientras acampaban en un bosque de Scopeti.


Actuando una vez más al amparo de la noche, El Monstruo raja con un cuchillo los laterales de la tienda de campaña en la que descansa la pareja. El primer disparo acaba con la vida de Nadine, pero Jean Michel consigue huir. El destino, sin embargo, le tiene reservada una mala jugada. En vez de huir hacia su posible salvación, él mismo se adentra en el bosque hasta que se topa con una trampa sin salida. Allí, acorralado entre El Monstruo y una tapia, el hombre es apuñalado hasta que su corazón deja de latir.


El asesino abandona los cadáveres en la tienda de campaña, lo que acelera la descomposición. El terrible hedor que esto genera, alerta a un hombre que recogía setas y que al acercarse descubre los cuerpos y avisa a la policía.



Jean Michel Kravcichili y Nadine Mauriot
Jean Michel Kravcichili y Nadine Mauriot


El Monstruo de Florencia está crecido, se siente invencible y su maldad y atrevimiento aumentan, tanto que pone sus ojos en la propia fiscal del estado, Silvia Della Monica, a la que envía una carta de nuevo escrita con recortes de periódico y un macabro regalo: un trozo del pecho que cercenó a Nadine Mauriot. Esto hizo que la fiscal se retirara del caso horrorizada.



Carta recibida por la fiscal  fuente wikipedia
Carta recibida por la fiscal fuente wikipedia


Si contamos las víctimas del asesinato de 1968, El Monstruo ya ha asesinado impunemente a dieciséis personas. Los ciudadanos están asustados y hartos de la ineptitud policial.


Por su parte, los investigadores estaban enfrascados en sus propias desavenencias y es que mientras el juez del caso, Mario Rotella, sigue convencido de que la pista sarda es la adecuada, aunque El Monstruo ha continuado matando incluso con Salvatore Vinci en la cárcel, el fiscal jefe, Piero Luigi Vigna, pensaba que debían comenzar la investigación desde cero.


El juez Rotella volvió a detener a Salvatore el 11 de junio de 1986. Su estrategia ahora era demostrar su culpabilidad en el asesinato de su mujer, Barbarina, que se había “suicidado” en 1961 tras años de maltratos, en su Cerdeña natal. Desde ahí, pensaba inculparle los asesinatos de El Monstruo de Florencia. El juicio comenzó el 12 de abril, pero había pasado demasiado tiempo desde el fallecimiento de su mujer y muchos de los testigos habían muerto. Además no se conservaban ya pruebas para analizar. Por todo ello Salvatore fue absuelto y el plan del juez Rotella falla estrepitosamente. Esto fue aprovechado sin dilación por el fiscal Vigna para abrir una nueva vía de investigación.


Lo primero que hizo el fiscal fue incorporar al caso a un nuevo jefe de policía: Ruggero Perugini. Vigna y él desprecian todas las pruebas recogidas en los crímenes de la campiña pues su recogida había sido deficiente: la gente había invadido las escenas haciendo fotos, arrojando colillas, dejando restos de fibras, pelos...La mayoría de estas pruebas ni siquiera se llegaron a analizar así como no se recogieron muestras orgánicas de las víctimas para cotejarlas con muestras de los sospechosos.


Ruggero Perugini introdujo las últimas tecnologías informáticas en la investigación. Para ello cruzó datos estadísticos con variables como: condenados por delitos sexuales entre 30-60 años, fechas y periodos de condena y la estancia o residencia en un entorno cercano a las escenas de los crímenes.


Entre los muchos nombres que aparecieron en la búsqueda, uno destacaba: Pietro Pacciani. Este hombre, un jornalero de más de sesenta años, había sido condenado en los años 50 por el asesinato de un hombre al que había descubierto con su mujer y cuyo nombre ya había sido denunciado en una de las numerosas cartas anónimas enviadas a la policía. Los investigadores se centraron en él pues creían haber encontrado al Monstruo, pero necesitaban pruebas para demostrarlo. Los registros en casa de Pacciani se alargaron durante once días sin frutos hasta que encontraron casi por casualidad un cuaderno que no se vende en Italia.



Pietro Pacciani
Pietro Pacciani


La policía descubre que ese cuaderno solo se vende en la ciudad alemana de Osnabrück, que es donde los chicos alemanes asesinados compraron los cuadernos que había en su furgoneta. Esto es sólo un indicio, pero los investigadores consiguen además encontrar una bala oxidada enterrada en el patio de su casa que coincide con las de los asesinatos.


Todo está listo para el juicio contra Pacciani, que comienza en abril de 1994. Desde el inicio, el hombre reivindica su inocencia ante la gran y lógica expectación tanto de público como de prensa. El juicio se prolonga durante seis meses con las televisiones atendiendo a cada detalle. La sórdida vida de Pacciani desfila ante los sobrecogidos italianos, que tiene que presenciar como entre sollozos, sus dos hijas denuncian haber sido violadas repetidas veces por é. Sin embargo, todas las atrocidades cometidas por este brutal hombre no tienen relación con El Monstruo de Florencia y sus crímenes. Aún así los jueces encuentran al acusado culpable de asesinato el 1 de noviembre de 1994, y le condenan a catorce cadenas perpetuas.


Los investigadores están contentos, parece que han acabado por fin con El monstruo. El jefe policial, Ruggero Perugini, es premiado por la detención con un ascenso. Ahora pasará a ser colaborador entre el FBI y el gobierno italiano en Washington. La sociedad italiana, no obstante, no lo tiene tan claro, pues sospechan de lo rápido e imprevisto del cierre de un caso que había traído a las autoridades de cabeza durante años. La idea general es que los investigadores querían cerrar en falso un caso que eran incapaces de resolver.


El tiempo tardaría poco en dar la razón a los ciudadanos italianos.


Primero las pruebas en la escena del último crimen hacen dudar a los investigadores pues debido a las condiciones que habían dentro de la tienda de campaña de los turistas franceses, es difícil determinar la hora de su muerte. La policía se inclina por declarar que fueron asesinados el domingo por la noche, pero sus estómagos aún contenían la comida ingerida el sábado. Esto lleva a algunos forenses a afirmar que la pareja fue asesinada la noche del sábado, lo que conlleva un gran problema pues Pacciani estaba en esos momentos en las fiestas de su pueblo y numerosos testigos lo abalan.


Por si esto fuera poco, hay que tener en cuenta el hecho de que Pacciani era un hombre de sesenta años con problemas de corazón (tenía varios “bypass”) y de sobrepeso. Parece difícil que pudiera correr tras Jean Michel, un joven en plena forma, y darle alcance.


Debido a todo esto, el acusado presenta una apelación y en 1996 la corte revisa su caso. Se analizan de nuevo las pruebas recogidas en su casa y se descartan absolutamente todas una por una lo que supone una tremenda humillación y un desprestigio intolerable para la policía italiana. Recuperarse de este varapalo pasa a ser tarea de Michele Giuttari, nuevo jefe del caso.


El 13 de febrero de 1996 es la fecha elegida por el Tribunal de Apelación para anunciar la absolución de Pacciani. Pero el proceso está lejos de cerrarse y pasa a manos del Tribunal Supremo. Es en estos momentos cuando el jefe Giuttari se puso manos a la obra para organizar las pruebas y preparar una nueva acusación contra Pacciani y sus supuestos cómplices de los que luego hablaremos.


En estos nuevos registros de la casa del inculpado los policías encuentran la foto de una mujer cuyo pecho ha sido subrayado con un rotulador y su vagina marcada. Además de esto, aparecen en escena Mario Vanni y Giancarlo Lotti que se declaran culpables de ayudar a Pacciani en los asesinatos. Sus declaraciones tienen sentido y encajan con lo encontrado en las escenas de los crímenes, pero la investigación cada vez toman un cariz más estrambótico.


Si bien Vanni, que parece tener cierto grado de deficiencia mental, declara ser solo el “compañero de merienda” (una expresión que viene a significar “compañero de pillerías”) de Pacciani, Lotti, que es poco más que el tonto del pueblo, afirma haber cometido los asesinatos bajo las órdenes de una secta conocida como la Rosa Roja. Explica además el porque de mutilar las vaginas de las víctima, y es que serían utilizadas como hostias en las contra misas satánicas celebradas en los sótanos de algunas de las importantes villas de la región.




Giancarlo Lotti y Mario Vanni


En vista de las irregularidades que se estaban cometiendo en la investigación (incluidas probablemente pistas falsas y declaraciones sacadas a golpes) el propio presidente del Tribunal de Apelación, Francesco Ferri, dimitió de su cargo y escribió un libro aireando todas las falsedades que se estaban llevando a cabo. Esto no impidió que Giuttari, el jefe de la investigación, siguiera adelante con el caso hasta que los dos supuestos ayudantes de El Monstruo de Florencia fueron condenados. Vanni fue sentenciado a cadena perpetua y Lotti a 26 años por colaborar con la policía.


Era entonces momento para ir a por la presa principal, Pietro Pacciani, pero era ya demasiado tarde, pues el 22 de febrero de 1998 los numerosos problemas de corazón que aquejaban al anciano jornalero, acabaron con su vida. Aún así el jefe de la investigación no se da por vencido y ordena exhumar el cadáver pues sospecha que ha sido asesinado (con sus propias medicinas) para que no dijera lo que sabía. Ninguna prueba de esto fue encontrada.


El jefe Giuttari, estaba convencido de la hipótesis satánica así que formó el Gruppo Investigativo Delitti Seriali (Grupo de Investigación de Asesinatos en Serie) que se centró en la teoría de la secta satánica y cuyas investigaciones no llegaron a ninguna parte.


La investigación se había ya convertido en un circo y casi en un tabú en Italia. Prueba de ello es que los periodistas Mario Spezi, del que ya hemos hablado en el artículo, y Douglas Preston publicaron un libro titulado “El Monstruo de Florencia” en el que se mostraban críticos con la hipótesis principal que culpaba a Pacciani. Estas críticas se volvieron en su contra y ambos fueron acusados, Spezi de ser el Monstruo, por lo que fue encarcelado, y Preston su cómplice, teniendo que huir del país.


Estas desquiciantes acusaciones llevaron a varias asociaciones en favor de la libertad de prensa a firmar un documento para que retiraran los cargos contra ellos, cosa que consiguieron, pero todo el episodio evidenciaba que la policía no tenia el control de la investigación y además no aceptaba una crítica a su trabajo.


Si bien jamás sabremos si Pietro Pacciani era en realidad El Monstruo de Florencia, lo cierto es que desde su muerte los asesinatos cesaron, aunque esto podría deberse a que el verdadero asesino murió, se mudó (como dice otra de las teorías que le conecta con el asesino del zodiaco) o fue encarcelado por otros delitos. En cuanto a sus supuestos cómplices, Lotti fue liberado en marzo de 2002 por graves problemas de salud, muriendo semanas después. En cuanto a Vanni, su condena fue reducida en 2004 también por problemas de salud que acabaron finalmente con su vida el 13 de abril de 2009.


Como es entendible, el caso sigue aún pesando en la sociedad italiana y muchos no se han olvidado de el. En agosto de 2001 algunos investigadores retomaron las pesquisas sobre El Monstruo. Sin dar muchas explicaciones, declararon tener nuevas pistas que hacían pensar que los asesinatos pudieron haber sido cometidos por unas diez o doce personas adineradas, miembros de una secta, que ordenaban y pagaban los “trabajos” a Pacciani y sus cómplices. Tan pocas explicaciones dieron que jamás se volvió a saber sobre su investigación.



Un operario cubre el cuerpo sin vida de Nadine Mauriot en la escena del último crimen atribuido al Monstruo
Un operario cubre el cuerpo sin vida de Nadine Mauriot en la escena del último crimen atribuido al Monstruo


Ya en 2024 un doctor estadounidense, Lorenzo Iovino, estudió un análisis de ADN previo realizado a una de las famosas balas del calibre .22 beretta hallado en 2015 en una almohada perteneciente a la pareja francesa asesinada por El Monstruo. Este mismo ADN fue también encontrado en las balas del asesinato de los dos jóvenes alemanes.


Los abogados de algunas de la víctimas pidieron que ese ADN se compare con el que podría guardar aún otra de las víctimas, Stefania Pettini, que fue la única que pudo luchar contra el asesino. Muestras de piel podrían aún encontrase bajo sus uñas y por lo tanto son susceptibles de ser comparadas. Según Iovino, el ADN que encontró no concuerda con ninguna de las víctimas ni con nadie convicto desde hace décadas. En su momento, el ADN de las cartas anónimas enviadas por el asesino se comparó con el de Pacciani y no se encontró coincidencia.


Sin embargo, algunos expertos en el caso, como Roberto Taddeo, autor de un compendio sobre El Monstruo de Florencia, recomiendan la mayor de las precauciones pues esa nueva muestra de ADN podría perfectamente deberse a una contaminación por parte de los investigadores, técnicos o forenses que han trabajado en el caso.


Con la investigación aún abierta es momento para conocer tu opinión sobre el caso ¿Alguna vez sabremos quien era en realidad El Monstruo de Florencia? ¿Fue un asesino solitario o un grupo de asesinos? ¿Alguna de las teorías te convence o tienes la tuya propia? Déjame tus opiniones abajo.

 
 
 

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